ISSN 1514-3465
El epígrafe y el potrero. Notas antropológicas camino a una final contra Europa
The Epigraph and the Potrero. Anthropological Notes on the Road to a Final against Europe
A epígrafe e o potrero. Notas antropológicas no caminho para uma final contra a Europa
Julián Ponisio
yula32@gmail.com
Antropólogo
Universidad de Buenos Aires (UBA)
(Argentina)
Recepción: 16/07/2026 - Aceptación: 17/07/2026
Documento accesible. Ley N° 26.653. WCAG 2.0
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Cita sugerida
: Ponisio, J. (2026). El epígrafe y el potrero. Notas antropológicas camino a una final contra Europa. Lecturas: Educación Física y Deportes, 31(338), 278-285. https://doi.org/10.46642/efd.v31i338.9048
Resumen
El autor replantea su análisis sobre la colonización deportiva. Advierte que apelar a la "garra" es un autoengaño que reduce a la genética lo que en realidad fue un aprendizaje histórico en el "potrero". Este no representaba una mística, sino una escuela informal y severa que enseñaba gambeta, picardía y carácter. Creer que el talento es innato frena su transmisión pedagógica, mientras que la prematura profesionalización del fútbol infantil destruye el semillero creativo del mañana.
Palabras clave
: Potrero. Pedagogía deportiva. Fútbol infantil, Identidad cultural.
Abstract
The author re-examines his analysis of sporting colonization. He warns that appealing to "grit" is a self-deception that reduces to genetics what was actually a historical learning process on the "potrero”. This field did not represent a mystique, but rather an informal and rigorous school that taught dribbling, cunning, and character. Believing that talent is innate hinders its pedagogical transmission, while the premature professionalization of children's soccer destroys the creative breeding ground of tomorrow.
Keywords
: Potrero. Sports pedagogy. Children's soccer, Cultural identity.
Resumo
O autor reexamina a sua análise da colonização desportiva. Alerta que apelar à "garra" é um auto-engano que reduz à genética aquilo que, na verdade, foi um processo histórico de aprendizagem no "potrero". Este campo não representava uma mística, mas sim uma escola informal e rigorosa que ensinava dribles, astúcia e carácter. Acreditar que o talento é inato impede a sua transmissão pedagógica, enquanto a profissionalização prematura do futebol infantil destrói o terreno fértil criativo do futuro.
Unitermos
: Potrero. Pedagogia desportiva. Futebol infantil. Identidade cultural.
Lecturas: Educación Física y Deportes, Vol. 31, Núm. 338, Jul. (2026)
Hace tres años escribí, en Lecturas: Educación Física y Deportes, un artículo titulado “Campeones del Mundo: Europa y el epígrafe de la colonización deportiva”. La tesis era sencilla: cada vez que un sudamericano gana, Europa deja de discutir fútbol y empieza a discutir modales. En Qatar no nos objetaron el juego —era indiscutible—: nos objetaron el gesto, el festejo, el “andá pa’allá bobo”, Van Gaal y Juanma Rodríguez, la larga letanía del fair play invocado como si fuera una categoría técnica y no lo que es: un dispositivo de disciplinamiento cultural. El epígrafe. Esa nota al pie con la que Europa se reserva el derecho de decir qué significó lo que acabás de ver.
Van Gaal y Juanma Rodríguez no son lo mismo, y esa es la gracia. Uno es un técnico de elite hablando desde el banco derrotado; el otro, un tertuliano de programa nocturno haciendo su oficio, que es tener razón a los gritos. Registros opuestos, credenciales opuestas, públicos opuestos. Y sin embargo dicen exactamente lo mismo: que ganamos mal. Cuando el argumento sobrevive intacto al cambio de emisor —del vestuario al plató, del diploma al ring— ya no estamos ante una opinión. Estamos ante un sentido común. El epígrafe no lo firma nadie en particular; por eso funciona.
Escribo esto con la Argentina en la final después de eliminar a Inglaterra en Atlanta por 2 a 1 —el mismo marcador de hace cuarenta años— y con España esperando el domingo en el MetLife, a un partido de la cuarta estrella. Pero obliga a volver sobre aquel texto, porque hay algo que en 2023 no vi bien.
Empiezo por los hechos. Argentina sufrió con el debutante Cabo Verde y necesitó el alargue. Perdía por dos con Egipto y lo dio vuelta en quince minutos. Padeció a Suiza, alargue otra vez. Y anoche se puso en desventaja a los 63 y clasificó recién con Enzo a los 85 y Lautaro a los 90 más 2 —después de media hora de asedio, con dos pelotas en los palos, empujando contra un equipo que ya se había ido a defender—. Cuatro partidos, cuatro veces al borde, cuatro veces de vuelta. Eso no es una anécdota estadística: es un patrón. Y todo patrón pide una explicación.
Figura 1. El pibe, la gambeta, la picardía y el carácter tienen su origen en el potrero
Fuente: Gemini AI Plus
Acá aparece el problema, y es nuestro, no de Europa. Para nombrar ese patrón tenemos una sola palabra y es tramposa: garra. La usamos como si explicara algo, cuando en realidad clausura la explicación. Decir “garra” es decir “somos así”. Eso no es antropología: es autocomplacencia. Es una esencia inventada que nos ahorra el trabajo de mirar.
Y esto es lo que en 2023 no terminé de ver: la garra es el epígrafe que nos escribimos nosotros. Es la versión doméstica del mismo mecanismo que yo denunciaba. Cuando Europa nos reduce a “temperamento sudamericano” nos indignamos con razón: está naturalizando lo que es historia y aprendizaje. Pero cuando decimos “garra” hacemos exactamente lo mismo, con el signo cambiado. Convertimos en sangre lo que fue escuela. Y el problema de creer que algo lo llevás en la sangre es que entonces no hace falta enseñarlo. La colonización deportiva no terminó cuando dejamos de imitar al inglés: sobrevive en nuestra manera de explicarnos, porque seguimos aceptando la categoría del otro —esencia, raza, temperamento— y apenas le damos vuelta el signo.
Y acá hay que ir al fondo, que es el potrero. Porque el potrero no es el color local del asunto: es la institución que lo produjo todo. Todo. El pibe, la gambeta, la picardía, el carácter —no son cuatro rasgos distintos, son cuatro nombres de una misma criatura, y todos nacieron ahí.
Pensemos qué era, sacándole la nostalgia. Un baldío sin árbitro, sin técnico, sin planilla y sin padres en el alambrado. Eso no es la ausencia de una escuela: es una escuela, y bastante más severa que la que vino después. Sin árbitro tenías que negociar la falta, y ahí se aprendía la picardía —que no es trampa, es lectura del otro—. Sin técnico tenías que resolver solo, y ahí se aprendía la gambeta —que no es adorno, es una toma de decisión bajo presión, a toda velocidad, sin nadie que te la indique—. Sin planilla no había con qué medirte más que con el juego mismo, y ahí se aprendía a jugar por el juego: el enamoramiento antes que el resultado. Y sin padres mirando, nadie te levantaba cuando te pegaban; tenías que volver mañana igual. Eso es el carácter. No la garra del grito, no la épica de una noche: la decisión repetida de volver.
Y el pibe —esa figura que la cultura popular argentina consagró hace un siglo y que Borocotó quiso convertir en monumento— es simplemente el egresado de ese plan de estudios. El pibe no es una edad. Es un modo de estar en el juego que el potrero enseñaba sin decirlo.
Ahí está el punto. El potrero no era una mística: era un currículum. Sin manual, sin cátedra y sin credencial, pero un currículum, con sus contenidos, su evaluación y su docente —que era el juego mismo—. Por eso la discusión no es si el potrero desapareció. La mayoría desaparecieron —los baldíos son countries y torres—, pero no hace falta firmar el acta de defunción para discutir lo importante, que es otra cosa: si lo entendimos. Porque si el potrero era herencia y sangre, entonces con el último baldío se murió y no hay nada que hacer, sólo lamentarse. Pero si era una escuela, entonces sus contenidos se pueden reconstruir a propósito, deliberadamente, con método. Y eso cambia todo: convierte al llanto por lo perdido en un problema pedagógico.
Hay algo más que este Mundial le corrige a mi propio texto, y tiene que ver con el sufrimiento. Buena parte de nuestra épica supone que el temple viene de la carencia: que hace falta hambre para forjar guerreros. Es un romanticismo peligroso —entre otras cosas porque justifica el hambre— y es falso. Esta camada no se sostiene por necesidad: ya ganó todo. Se sostiene por vínculo. Por una relación afectiva con el juego que sobrevivió al éxito, que es la prueba más difícil que existe. Ganar todo y seguir queriendo jugar es infinitamente más duro que no haber ganado nada y desear.
Nadie encarna eso como el hombre de 39 años que va a jugar esta final. El pibe de Abanderado Grandoli sigue vivo adentro. El potrero no se le fue nunca —y no porque lo lleve en la sangre, sino porque lo aprendió tan temprano y tan hondo que ya no puede desaprenderlo—. Por eso el domingo tiene una densidad que excede al fútbol: Messi y Lamine Yamal comparten cancha por primera vez, como rivales, con la Copa en juego. No es una sucesión: es una disputa. Yamal se está peleando su lugar en la historia de los cracks. Pero abajo de la disputa hay algo que los une y es más fuerte que lo que los enfrenta: el pibe de dieciocho y el hombre de treinta y nueve están haciendo exactamente lo mismo —no pueden dejar de jugar—. Los separan veintiún años y no los separa nada.
Y contra España vuelve el viejo esquema: Europa de un lado, Sudamérica del otro, y la tentación de leerlo como civilización contra barbarie, método contra instinto. Esa dicotomía es mentira, y es la mentira que denunciaba en el artículo. El potrero no era el desorden: era otro orden, uno que no había pedido permiso. Pero ojo con el pase de facturas fácil, porque la pregunta que va a quedar flotando el lunes, gane quien gane, no es qué hace Europa con nosotros. Es qué hacemos nosotros con lo nuestro. Mientras discutimos epígrafes ajenos, acá cientos de clubes miden a un chico de doce años por la tabla de una liga infantil: le ponen árbitro, técnico, planilla y padres en el alambrado —le sacan, una por una, las cuatro condiciones que hacían del potrero una escuela— y después se preguntan por qué no aparecen jugadores que resuelvan solos. Nos quejamos de que ya no hay potreros mientras administramos, con enorme dedicación, su opuesto exacto.
El domingo va a haber banderas, va a haber Muchachos, va a haber una liturgia que a esta altura es patrimonio inmaterial. Está bien. Es hermoso. Es lo que nos constituye. Pero si algo deja este Mundial, para mí no es la cuarta estrella. Es una advertencia. Aquel artículo terminaba señalando el epígrafe europeo; éste tiene que terminar en otro lado: el epígrafe más peligroso no es el que nos escriben, es el que nos escribimos cuando decimos que lo llevamos en la sangre.
Porque si lo llevamos en la sangre, no hay nada que enseñar. Y si no hay nada que enseñar, sólo queda esperar que vuelva a salir.
Nunca salió solo. Siempre lo enseñó el potrero.
Referencias
Di Giano, R. (2006). Fútbol y Cultura Política en la Argentina: Identidades en crisis. Editorial Leviatán.
Ponisio, J. (2023). Campeones del Mundo: Europa y el epígrafe de la colonización deportiva. Lecturas: Educación Física y Deportes, 27(296), 224-229. https://doi.org/10.46642/efd.v27i296.3823
Lecturas: Educación Física y Deportes, Vol. 31, Núm. 338, Jul. (2026)