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Ser o no Ser... ahí está el detalle:
El fútbol y la cultura popular en la ciudad de México

Héctor Zavala Rivas
hezavala@shcp.gob.mx
(México)

http://www.efdeportes.com/ Revista Digital - Buenos Aires - Año 6 - N° 30 - Febrero de 2001

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Tibia ciudad ornada de amapolas
papel de china y cohetes y pistolas,
en otro tiempo que al presente inmolas.
A este presente en que los nuevos ricos
llenan la calle de apetitos chicos...
Renato Leduc

...es una raya
en el agua
nuestra existencia.
Elías Nandino

Para Cristina Conde

Una mirada al espejo...

    Creo que algún día tenía que preguntármelo, hacer una reflexión sin apasionamiento: ¿Qué es y ha sido el fútbol para mí? Ello, porque como dice la canción, junto con otros símbolos y rasgos “heredamos hasta el equipo de fútbol” 1. Sin duda, habrá quienes con plenitud de razones y argumentos, descalifiquen o simplemente ignoren estas ideas. Siempre habrá cosas más importantes. Como señala el historiador Luis González y González, “los juegos de pies y músculos agrupados bajo el rótulo de deportes” 2, son un vacío en la investigación histórica. El análisis del fútbol como parte de la sociedad mexicana casi no existe y, cuando ocasionalmente se ha efectuado, es muy pobre.

    Un rito, una religión (con millones de oficiantes) o, simplemente un juego. Esas son expresiones elegantes que nos dejan traslucir algunas posibilidades de enfocar el análisis del significado del fútbol, en nuestro ámbito. Resulta de lo más interesante tratar de saber qué es lo que anima a millones de broncíneos y sudorosos llaneros, enfundados en camisetas multicolores, a trajinar durante las mañanas sabatinas o dominicales en las terrosas canchas de muchos rincones de nuestro país. Los fines de semana y los días festivos esas canchas, en muchas ocasiones con surcos que revelan su pasado reciente, son los escenarios de los intentos de jugadas épicas o de habilidad preciosista de los aguerridos llaneros. Entrega y esfuerzo se riega en esos campos. Los estrellas de fin de semana lo intentan todo y todo lo dan, aun a costa de fracturas y lesiones, que a menudo los llevan a saturar los sábados y domingos de los hospitales públicos.

    Estas reflexiones pretenden caracterizar el papel que el fútbol ha jugado en la cultura popular de las plazas y barrios urbanos y suburbanos de la ciudad de México. Para no profundizar en el análisis del concepto de cultura popular, retomo lo que dicen Rowe y Schelling: “no se limita a una visión particular del mundo, sino que crea una serie de espacios en que se forman sujetos populares como entes con subjetividades propias, diferentes a los miembros de los grupos dominantes” 3. Esta interpretación me parece que es congruente con la característica multicultural de una sociedad como la nuestra.

    El concepto de cultura popular debe reconocer que las costumbres viejas cambian; además, que lo “moderno también puede volverse tradición. La modernidad no necesariamente conlleva la eliminación de tradiciones y recuerdos premodernos, sino que surge de ellos, transformándolos en el proceso” 4.

    Por tanto, en nuestra realidad “las culturas populares existentes llevan una relación de interpenetración con la cultura de masas, con ello incorporan a un mercado cultural unificado, formas de tradición popular en proceso de masificación” 5. Como ejemplo de lo anterior se menciona al cine y por nuestra parte, agregaríamos al fútbol.

    Debo señalar que por haber militado entre los que han experimentado la sensación de júbilo al entrar en balón en la portería rival o bien, sentir el pasto de la cancha bajo los zapatos y cómo responde el balón al toque del empeine, o quizá el orgullo de ser un triunfador al escuchar el silbatazo final, me atrevo a intentar el análisis de algunas situaciones que han permanecido en mi memoria. Como un sencillo ritual, cada fin de semana en cualquier zona de la Ciudad de México alguien prepara el uniforme, sus zapatos, pero sobre todo, la voluntad y el ánimo de disfrutar el juego. Esos alguien se disponen a vivir otra realidad específica y, como dice Juan Nuño, a enfrentar la tensión que se origina en la entrega física y mental al juego, y la otra que se desgrana minuto a minuto en el tiempo del partido 6. Un divertimiento, un pasatiempo, un desahogo. Todas son ideas que se han formado en torno a ese juego; creo que son simples y que si vemos un poco más adentro de nuestros núcleos sociales, el fútbol tiene un significado relevante.


1. El rey del barrio

    Como en toda la América Latina, el fútbol arribó a México con la modernidad y las inversiones extranjeras en la industria textil y la minería, características de un capitalismo en expansión. Hasta la primera década del siglo XX “ fue un deporte reservado a la elite que se jugaba en canchas impecables” 7; los aficionados, imbuidos del espíritu modernista adorador del cuerpo, el ejercicio y la salud, lo practicaban como parte de sus actividades sociales, mientras sus damas y amigos lo disfrutaban desde los balcones de los clubes más elegantes de la ciudad de México. Como producto del impulso a los sports entre la elite, Everaert señala refiriéndose a esos clubes “Tal vez la principal (consecuencia de estas agrupaciones) habrá sido la introducción de los deportes a nivel nacional”.

    Entre el polo, skating y otros, destacó especialmente el soccer, llamado así por los integrantes extranjeros de los primeros equipos; estos iniciaron los torneos de fútbol en la zona minera de Pachuca y Orizaba de esencia textil, en los primeros años de 1900. Aunque lo más probable es que la práctica del fútbol se hubiese iniciado años antes, entre los técnicos y empleados ingleses, escoceses y franceses de las compañías, y en forma poco organizada.

    El proceso de integración de la práctica del fútbol a las costumbres locales se inició unos pocos años después del estallido revolucionario en nuestro país. La práctica del fútbol crece al mismo tiempo que la idea de nacionalidad en México, y al igual que esta idea, tomó fuerza en las décadas de los años treinta y cuarenta, en las comunidades rurales o pueblos de la provincia mexicana. En el ámbito urbano se extendió por los barrios periféricos a lo que se conoce como el primer cuadro. Se enraizó en las zonas suburbanas 8 y rurales de la ciudad, que hasta la década de los años cincuenta todavía conservaban un fuerte sabor campirano, costumbrista y al decir de Monsiváis, su pintoresquismo “ y la existencia de personajes excéntricos y leyendas urbanas” que les daban personalidad propia.

    Hasta bien entrado el medio siglo, la de México era una ciudad ordenada con un volumen demográfico manejable y, “en la cual las tradiciones se corresponden con las apetencias y con los deseos, porque no hay distancias grandes entre lo que se anhela y lo que se te enseña a vivir” 9. En ese entorno las actividades de los habitantes de los barrios suburbanos adquirían un significado y relevancia para la vida de cada comunidad. Las relaciones entre los habitantes eran muy estrechas, las familias más antiguas fueron las principales depositarias de las tradiciones, su responsabilidad con su sociedad fue mantenerlas vivas. Los integrantes de dichas familias acordaban normas y conductas para cumplir con su compromiso social.

    En esas microsociedades se promovió la formación de uno o varios equipos, que además de posibilitar la práctica del deporte como una actividad lúdica, los integrantes se convertían en auténticos defensores de su identidad local en alguna liga organizada y en especial se procuraba que se enfrentaran a los equipos representativos de otros barrios vecinos. El fútbol se agregó a las actividades que conforman la identidad de los habitantes de los barrios urbanos y suburbanos de la ciudad.

    En Argentina, también las organizaciones de fútbol surgen y se identifican con los barrios urbanos, por ello los equipos adquieren un valor de identidad para los habitantes, aunque en ese país los equipos estaban respaldados por un club y competían en la liga profesional desde los años treinta 10. Como contraste, en México los equipos se forman en los barrios por iniciativa de algún miembro de la comunidad por pura afición y para mantener el prestigio del barrio en alto. Asimismo, el financiamiento del equipo normalmente es por cooperación entre los integrantes e incluso, por los demás habitantes del barrio; sin duda, esto es factible porque el fútbol es uno de los deportes más baratos.

    La nobleza del fútbol realmente exige de quien lo practica y se compromete con él, solamente fidelidad y entrega; por ello Valdano dice que “es un juego primitivo y de alguna manera rechaza la riqueza y la enseñanza formal” 11. Él como muchos, está convencido de que los grandes jugadores del fútbol nacen con el alma libre y el espíritu de aventurarse hasta la genialidad y que el barrio es el medio propicio para el desahogo de una “pasión desorganizada” muy ajena al progreso a la esclavitud urbana.

    El acceso fácil al deporte, la libertad de expresión corporal y la malicia, adquirida por los habitantes del barrio desde edades tempranas, gambeteando las carencias económicas familiares y las dificultades que se presentan en la calle, han sido el caldo de cultivo para el surgimiento de los jugadores; por ello y en tono de franco desprecio, entre los sectores medios con ansias de universalidad modernista, se le califica de deporte de panaderos, como el panbol.

    Los barrios suburbanos de la ciudad de México, que en su mayoría son de origen indígena y fueron catequizados por los franciscanos, son el crisol de la síntesis cultural de nuestro país, las costumbres locales rigen aún la vida y los ritos de la población de más edad, y en no pocos casos, se han convertido en manifestaciones de folclore para consumo de las clases medias modernas. En estos barrios todavía tiene un significado especial la pertenencia al equipo local y la participación, como en una guerra florida sin prisioneros para el sacrificio, en los encuentros contra los equipos de otros barrios o en las festividades.

    En esas localidades se acostumbraba pegar carteles en cada esquina del barrio, así como en las de los barrios circunvecinos, para anunciar las celebraciones en honor del santo patrón o bien las de carácter patrio; se indicaban los festejos, las ceremonias religiosas, kermesses, bailes, peleas de gallos, y presentaciones de grupos artísticos, a las que se agregaron torneos de fútbol entre los equipos locales y conjuntos invitados. El domingo, al finalizar los encuentros, los integrantes de los equipos invitados junto con los locales, departían en la fiesta. Así, entre mole y barbacoa, acompañados de algunas cervezas o pulque, según el gusto, se completaba el ritual festivo.

    Durante el año, los domingos transcurren con languidez en los barrios de las orillas de la ciudad y en algunos céntricos; aun es posible apreciar cómo, los integrantes del equipo de la cuadra o del barrio, todavía enfundados en sus descoloridos uniformes y cubiertos de una pátina polvosa de los torcidos zapatos a la cabeza, conviven y recrean las jugadas del partido que recién terminó. Los comentarios suelen ser en relación con las jugadas más destacadas, los acontecimientos chuscos o enojosos del partido, o bien sobre algún gol que resultó extraordinario. No es extraño que esa reunión se alargue durante buena parte del día y que poco a poco se incorporen temas más relacionados con la vida y los hechos diarios. Esas reuniones suelen convertirse en una más de las maneras de los integrantes de una comunidad para mantener los vínculos que los unen, cada vez más vigorosos.


2. Juego, luego existo

    Para cada individuo las confrontaciones deportivas y destacar en el equipo local constituía una búsqueda del reconocimiento de su comunidad; ello, desde luego, les permitía acumular una serie de experiencias compartidas que habrían de ser un apoyo social y psicológico, a lo largo de su existencia, porque como dice Albert Camus “La memoria de los pobres esta menos alimentada que la de los ricos, tienen menos puntos de referencia en el espacio puesto que rara vez dejan el lugar donde viven y también menos puntos de referencia en el tiempo de una vida uniforme y gris. Tienen (...) la memoria del corazón, que es la más segura dicen, pero el corazón se gasta con la pena y el trabajo...” 12.

    Por lo antes señalado, el fútbol se convierte en uno más de los elementos que reafirman la pertenencia de los sujetos a una comunidad, que fortalecen su identidad. Participar en el equipo local ofrece la oportunidad de que cada uno de los integrantes pueda gozar de la admiración de los demás habitantes del barrio o pueblo. Los más destacados del equipo se tornan personajes. Esto es de especial relevancia porque en la mayoría de los casos, se convierte en una forma de que el individuo objeto de dicho reconocimiento fortalezca su autoestima y se sienta más integrado a su entorno social

    En nuestros días la necesidad de pertenencia de las personas persiste aún, enclavada en lo más profundo de los barrios de nuestra caprichosa ciudad. El barrio vigoriza a los individuos que lo habitan, los cobija y les da una razón de ser. En general, se ha detectado que “los mexicanos somos personas muy necesitadas de reconocimiento social, de interacción social. No solamente nos conformamos con tener una buena relación de familia, sino para la gente, sobre todo de niveles económicos más bajos, son muy importantes las relaciones con el barrio, con los vecinos, con los compadres, con el grupo de pertenencia” 13.

    Entre los jugadores del llano además de la amistad y el afecto, se genera una intensa identificación; por ello muchas veces en el juego no requieren hablar, su comunicación es totalmente intuitiva y el entendimiento surge del conocimiento recíproco. Es como un yo colectivo con fuerza y poder. Por ello la participación en el juego aumenta la identificación entre los jugadores y es un ejercicio de la libertad de convivir con sus amigos. Así, el equipo de fútbol “ es una familia en donde se disfruta y padece la cotidianidad. Los compañeros se van descifrando, surgen complicidades espontáneas o forzadas, las alegrías y tristezas se encargan de formar el carácter...” 14

    Estar en la cancha en el juego ofrece la oportunidad a los equiperos de ser creativos y poner su imaginación al servicio de sus compañeros. El tiempo de juego es un tiempo propio y la posibilidad de lucir las mejores artes futboleras. La pasión vigoriza las reacciones y afina los sentidos, los compañeros se intuyen para realizar las jugadas, sienten hacia dónde deben desplazarse para recibir el balón, conviven en un espacio único, porque “los juegos crean un paréntesis que por un lado, sirve para aislar del tiempo real y por otro, para recrearlo en el interior del paréntesis con distintas modalidades” 15.

    Ese paréntesis es la realidad que el jugador hace suya y comparte con sus compañeros; es el espacio de confrontación con sus rivales, en el cual se despliegan las habilidades y la astucia para generar la tensión que puede culminar en la conquista del gol. Los campeonatos son por tanto, dice Nuño, “un refuerzo lúdico para hacer que el tiempo de juego se prolongue y de esa forma, el futbolista pueda aislarse un poco más (...) para tomar un respiro que lo saque momentáneamente del mundo y lo introduzca en ese curioso mundo de tensiones rivales que vienen a ser todos los juegos” 16.


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