ATLANTA '96: PARA MIRARLOS POR T.V.
María Graciela Rodríguez (Arg.)

En lo que va del siglo Atlanta es la tercera ciudad de los Estados Unidos elegida para ser sede de los Juegos Olímpicos de verano (JJOO): Los Angeles 1932, Los Angeles 1984 y Atlanta 1996. Las localías en este país se repiten cada vez con menor frecuencia lo que indica que una brecha irreversible se ha instalado en el mundo. Para ser sede de los JJOO en la actualidad, más que contar con la fuerza de la historia y la tradición, la postulante deberá cumplir con los requisitos tecnológicos que garanticen su televisación.

Esta brecha produjo un desvío irreparable: cuando todos apuntaban a Atenas como el mejor escenario donde festejar el centenario de los Juegos Olímpicos Modernos bordando de este modo los cien años de espíritu olímpico que inspiró al Barón Pierre de Coubertin, Atenas no pudo competir con las nuevas tecnologías que ofrece Atlanta y su postulación se hizo trizas. Los miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) pusieron como excusa que la verdadera fecha del centenario debería ser 1994 porque fue en 1894, en la Sorbona de París, cuando Coubertin logró reivindicar los JJOO (Simson y Jennings, 1992). En verdad, hoy por hoy, tanto los contratos de sponsorización como los de la televisión satelital son mucho más poderosos a la hora de hacer la elección, que un contenido simbólico como el que podría sostener la ciudad que los vio nacer.

Si los medios de comunicación se han convertido en uno de los ejes más importantes por donde pasan las decisiones esto habla, entre otras cosas, de la pérdida de ingenuidad del deporte, al menos en su expresión más universalizante como son los JJOO. Las modernas competiciones deportivas (JJOO, Mundiales de Fútbol, etc.), no sólo son escenarios de luchas y conflictos simbólicos sino que, además, es imposible pensarlas sin tener en cuenta su dimensión massmediática. Entre ellas los JJOO se han convertido en uno de los mayores eventos planetarios y la presencia de los medios de comunicación es tan consustancial con su puesta en escena que ya no pueden considerarse sin tener en cuenta ni su articulación con la construcción del deporte-espectáculo ni con la globalización de las redes televisivas.

Las exigencias tecnológicas que implica la realización de los JJOO sólo parecen metas a alcanzar por las sociedades capitalistas avanzadas o dispuestas a realizar importantes inversiones económicas, apostando a un retorno indirecto sobre infraestructuras viales, comunicacionales o deportivas. Mientras tanto, el resto del mundo, sentémonos cómodamente frente a la televisión a ver cómo la antorcha olímpica pasa entre los países centrales de mano en mano.

TELEVISION OLIMPICA
La brecha, como las grietas de un terremoto, corre detrás del siglo con la velocidad de las innovaciones tecnológicas: comienza en Roma '60 con la televisación diferida que permitió la comercialización de los derechos, se agranda en Tokio '64 con el ingreso del satélite que permite la mundialización de los JJOO, se agiganta en Los Angeles '84 con el abierto esponsoreo de la cadena de televisión ABC. Algunos números permiten advertir la tendencia hacia un desplazamiento incuestionable: si en Roma '60 había 1441 periodistas y cerca de 6000 atletas, en México '68, 4372 cronistas frente a 6069 deportistas. La relación no dejó de crecer hasta llegar a Montreal '76 donde, por primera vez, el número de periodistas superó a la cifra de deportistas (Moragas Spa, 1992). De hecho los deportistas, verdaderos protagonistas de los JJOO, son hoy sólo actores: el eje del espectáculo se ha desplazado. En términos de ganancia, la venta de tickets de entrada presenta poco peso en el balance.

La mayoría de las instalaciones deportivas que se construyen, son diseñadas en función de la televisión y de las restricciones para su puesta en el aire: arquitectónicamente son una estratégica mezcla de estadios deportivos y "platós" o estudios de televisión. En ese sentido, la Piscina Municipal de Barcelona donde se disputaron los saltos ornamentales, era ideal para la televisación. Su disposición espacial permitía a las cámaras realizar tomas de los saltadores sobre vistas generales de la ciudad con el fondo del edificio de la Sagrada Familia, símbolo universal de Barcelona.

La impronta de la televisión se apoyó en la generación de una de las audiencias, numéricamente hablando, más importantes de la historia de la T.V. Si se suman la simultánea y la acumulada en las emisiones diferidas se llega a la increíble cifra de 350 millones de personas, casi tanto como la llegada del hombre a la Luna que, en 1969, atrajo la atención de 490 millones de personas o la boda de los Príncipes de Gales que fue observada por 420.000.000 de espectadores. Los récords de audiencia, indudablemente, los ostenta el deporte y especialmente los Campeonatos Mundiales de Fútbol: 1.060.000.000 de personas siguieron las alternativas del Mundial de Italia '90. El interés de las cadenas televisivas por esa enorme audiencia reside en los jugosos dividendos comerciales que les reditúa la venta de segundos de publicidad.

Sin embargo, a pesar de la mundialización del espectáculo, del crecimiento de las audiencias, del aumento en la cantidad de disciplinas deportivas como en la cantidad de países participantes, esa gran audiencia accede sólo a una porción de la oferta total de los JJOO. El efecto paradójico de este crecimiento es que cada vez vemos menos y la causa no reside en que no se privilegie la transmisión de eventos deportivos tanto como a los amantes del deporte nos gustaría. En verdad, aún si la televisión dedicara 12 horas diarias a emitir imágenes olímpicas, sólo se podrían aprovechar 200 horas, apenas el 10% de todo el espectáculo producido durante los JJOO.

La brecha se agiganta en los países periféricos donde comprobamos que la recepción de los JJOO está lejos de ser una recepción homogénea para todos los telespectadores del mundo. Los orígenes de la señal a la que accedemos proviene de dos fuentes: la señal internacional provista por la radiotelevisión de la ciudad-sede y las señales privadas producidas por aquellas cadenas que compraron los derechos de televisación. Además de no poder intervenir en la televisación hay una imposibilidad de enviar periodistas acreditados para cubrir el evento como ocurrió en Seúl donde no se advirtió la presencia de Argentina.

EL ESPECTACULO OLIMPICO
El deporte olímpico, necesariamente incluido dentro de la lógica de la industria del espectáculo, necesita dinero para su financiamiento. La propia evolución de esta lógica ha complejizado las modalidades de financiación desde la reinstauración de los Juegos en 1896 en Atenas. Mientras que históricamente se centraban en presupuestos estatales, poco a poco las inversiones fueron saliendo de los bolsillos privados. Para dar sólo una idea, en Atenas los JJOO se llevaron a cabo a través de tres fuentes de financiamiento: la emisión de sellos postales, aportes voluntarios de los ciudadanos y la millonaria contribución de un mecenas, Georges Averoff. 70 años después los presupuestos públicos ya alcanzaban cifras astronómicas. Para Tokio '64, la necesidad de contar con un satélite para la televisación mundial, era irrenunciable y, a pesar de que las inversiones estatales podían justificarse por la contribución de los JJOO al desarrollo tecnológico, las cargas públicas de las siguientes ediciones de los JJOO (México '68, Mnich '72, Montreal '76 y Moscú '80) no siempre se vieron compensadas con ganancias directas. En este sentido, son famosos los juegos de Montreal '76 por su gran déficit económico que alcanzó cerca de 692 millones de dólares.

Los Angeles '84, ciudad que ya contaba con eficientes instalaciones deportivas lo que significó un ahorro importante de dinero, rompe con la tradición deficitaria gracias a dos importantes modificaciones estratégicas que desplazaron el eje de las inversiones desde el sector público hacia el privado. En primer lugar el abierto esponsoreo y la venta de los derechos de televisación: la participación en la financiación de los JJOO de las cadenas de televisión trepó del 8 % en Montreal '76 y Moscú '80, al 44,3% en Los Angeles '84 (uno de los principales inversores fue la Time-Mirror, propietaria de periódicos, editoriales y cadenas de televisión por cable, además de bancos, compañías de petróleo, agencias de seguros y aerolíneas que en mayor o menor medida participaron de la financiación). En segundo lugar, una innovadora manera de recuperar las inversiones a través de la comercialización de todo lo imaginable: desde la venta de los originales de los pósters hasta el cobro de un derecho a los portadores de la antorcha.

Es necesario advertir que las tradiciones olímpicas no se diseñaron de una vez y para siempre. A modo de ejemplo, recién en Berlín '36, por iniciativa del profesor Carl Diem, se introduce el relevo de la antorcha desde Grecia hasta el mismo estadio olímpico, tradición que sigue vigente hasta hoy. Con el tiempo las innovaciones tecnológicas también fueron modificando al componente ritualístico de las ceremonias, que son, como afirma el antropólogo J. Mac Aloon, las que le otorgan a los JJOO su particular condición porque sin ellas los JJOO dejarían de ser olímpicos para convertirse en grandes campeonatos mundiales multi-deportivos (Mac Aloon, 1984).

El creciente protagonismo de los medios, en especial de la televisión, ha ido produciendo transformaciones en la espectacularización de los rituales olímpicos: en Roma '60, al desfile de los atletas se le suman cuatro orquestas y un lanzamiento final de 7200 palomas. La ceremonia inaugural de Tokio '64 dura 1 hora y 48 minutos y es sazonada con la presencia de los aviones de la fuerza área que dibujan cinco anillos en el cielo.

México '68 se beneficia con el ingreso de la televisión en color que le permite lucir con todo el esplendor sus tradiciones culturales. La ceremonia de Moscú '80, de tres horas de duración, es la apoteosis estética de una representación que intenta mostrar la planificación deportiva estatal. Pero es Los Angeles '84 quien marca el ingreso definitivo al mundo del espectáculo: 12000 personas en escena, despliegues escénicos y hasta la aparición de un "hombre volador". Mientras que en Seúl '88 se consolida el componente espectacular con el aporte de los propios valores culturales: la fiesta comienza afuera del estadio con un gigantesco dragón. Barcelona '92 supo combinar su autonomía cultural y sus tradiciones con los efectos tecnológicos avanzados para una fiesta diseñada decididamente para la televisión. Finalmente, en la ceremonia de inauguración de Atlanta '96 se pudo observar el excelente espectáculo de una ciudad que no puede re-presentarse al mundo sin contradecirse, toda vez que su historia está dolorosamente vinculada con la discriminación racial.

En el incierto y televisivo fin del milenio, parecería que las significaciones simbólicas no son atributos suficientes para ser sede. Los JJOO, mal que nos pese, son un negocio y para llevarlos a la práctica ya no basta el espíritu: hacen falta, además, nuevas tecnologías para garantizar la televisación mundial, el fácil acceso a las redes satelitales, el esponsoreo y otros tantos etcéteras. En suma: dinero. Mucho dinero.

BIBLIOGRAFIA CITADA


Lecturas: Educación Física y Deportes, Año 1, Nº 2. Buenos Aires. Setiembre 1996